lunes, 16 de diciembre de 2019

Poemasso's




Poemasso's





Uno

Te recuerdo
con un fuego
prendido
en mis entrañas.
Entonces
se abate una niebla
llena de humo
y frío gris
en mi horizonte.
Los impulsos
que motivan
a mi mente
siempre llegan
desde ti.










dos


Que triste
dulcemente anochecido
divagante de tí.













tres


Si dijese
que estás en mis sueños
mentiría.
Mis sueños
no están llenos
de fantasmas
que es en lo que tú
te has convertido.
Tu aparición ocurre
casi siempre
ya en el alba.
Llegas
rodeada por el aura
polvorienta y gris
de los amaneceres
citadinos
a poblar de inquietudes
mi terrible
y desolado
día.











cuatro



Se reventaron los diques
que el amor acumulaban.
Nada habrá quedado:
nada.
Sólo polvos y humo.
Solo.










cinco



Hay recuerdos
que se afincan
en la mente.
Una calle,
una ciudad
que ha sido nuestra.
Algún bar
que cobijó
nuestro cariño.
Cualquier beso,
una lágrima
cuajada en tu mejilla.
Y en la madrugada
las caricias.
Un camino que recorro
a todas horas.
Voy y vengo.
Ida y vuelta
entre la evocación
y el sueño.







seis


Algo de mi felicidad
quedó contigo.
quedó contigo
todo lo que yo soñaba.
Los tiempos idos:
el beso a medianoche
que te daba;
el tacto de tu piel,
tu voz callada
en la suave penumbra
de una habitación
extraña.
Parte de mi voluntad
contigo queda:
mis ansias plenas,
mi empuje ante la vida,
mis poemas.
Llego al final
de una jornada y,
aparte de mi amor,
no queda nada
más que un dolor
que agobia y pesa,
y la certeza
de que parte
de mi vida en ti
se queda.







siete


Afuera llueve.
Te proyectas
una vez más
en mi memoria:
imagen imprecisa
entre el humo rancio
de los cigarrillos.
Afuera todos hablan.
Palabras que se pierden
se diluyen:
un confuso stacatto
a tu recuerdo.
Afuera hay gente
que me exige.
Hay luz o sombra,
polvos y humo,
tristezas y quebrantos.
Adentro sólo tú.
Y la terrible certeza
de tu ausencia.










ocho



Que en las noches

no te tengo.

Que no he podido,

quizás,

inventarte.

Pasa el tiempo

y se agota
mi
memoria











nueve



Una etapa más que acaba.
Un libro que al final
se cierra
(y después la nostalgia).
Ahora sólo puedo
reafirmar mi amor.
Tu cuerpo, tu mente
hace tiempo
que dejaron de ser míos.
Hoy retorno
a los afanes de la vida.
Tus besos tienen
el sabor de los adioses.








diez



Un camino recorrido
a todas horas:
he aprendido a olvidar
empeñado en recordarte.
Evocar, en tu ausencia,
tu perfume.
El brillo exacto
del sol en tu cabello.
La música, las canciones,
las calles en que caminamos;
las lluvias que a ambos
nos mojaron.
Los pequeños hechos,
sutiles casi siempre,
que formaron
nuestra historia compartida
y que hoy,
hacia el futuro,
son ya una cicatriz.









once



Ella es canción de alborada,
ansias de querer vivir.
Ella es abrigo y morada
que es lo que me falta a mí.

Ella es viento en la arboleda,
canción de noches sin fin,
besos y caricias plenas
que es lo que me falta a mí.

Yo soy el cierzo invernal.
soy manantial que no fluye,
pasión que el tiempo diluye:
cataclismo conceptual.









doce



La sublime simpleza
de un comienzo
(añoranzas regresivas),
y el recuento de la vida
que huye.
El papel que otra vez
la tinta mancha
habrá de delatarnos
a futuro.
Son torrentes
que se escapan
por la espita abierta:
Un retorno
hacia los días coherentes.
Las barreras del misterio
derrumbadas.
Conocimiento adquirido
que habrá de conducirme
a un simple y puro
tedio.







trece



Un viento frío
traspasa las ventanas.
El mundo luminoso
retrocede.
Este es el tiempo
de la noche.
El silencio ha caído
sobre el mundo.
Podría ser feliz,
pero estoy triste.
Pudiera estar contigo
y estoy solo.
Llego de vuelta
a muchas cosas
y mi corazón
es una piedra.
El silencio
ha caído
sobre
el mundo.





catorce



El tiempo,
ahora lo vemos,
es el aglutinante del amor.
Refuerza, consolida
y lo hace invulnerable.
Los años se desgranan.
Los días se pulverizan
en la vida.
Hoy vuelve a ser posible
creer en la pareja.
El cosmos vive y late.
Las nebulosas se condensan.
Los astros simplemente giran.
El universo,
como el amor,
es infinito.










Gustavo Masso O.
Agosto del 2001
dibujos y viñetas por
Rosario Ochoa,
Mario Luce
y el autor.

sábado, 17 de septiembre de 2011

68; todo es posible en la paz



Gustavo Masso


A pesar del tiempo transcurrido, veintitantos años, a mucha gente todavía se le enchina el cuerito (o se le encuera el chinito) cuando escucha estas palabras: sesenta y ocho y Tlatelolco. Y fíjate que para mí ambas cosas fueron, cuando menos en aquel año, asunto cotidiano. Vivir el sesenta y ocho en Tlatelolco: eso era, como dice un cuate nuestro, chiflar comiendo pinole en la tormenta y no mojarse. La mera verdad, yo entonces estaba chamaco. Había logrado, casi a tropezones, terminar la secundaria y no acababa por decidirme a comenzar la prepa. Flotaba sabrosamente en esa pausa en que ni se es estudiante ni se puede asegurar que ya se ha vuelto uno un pinche vago. Descubría el mundo y lo miraba con los ojos pelones por el asombro. Y descubría también, aunque no viene orita al caso, a las mujeres. Tlatelolco, o cuando menos nuestra sección, estaba entonces casi nuevo. Los jardines todavía lucían limpiecitos. El club estaba flamante: con teatro, gimnasio, alberca y toda la cosa. En el cine de la Unidad, que acababa de inaugurarse, se proyectaba (salvajemente premonitoria) La trampa. Los edificios, quién iba a pensarlo, habían aguantado ya dos que tres temblores e incluso, el Tamaulipas, un incendio en la fachada. ¿Te acuerdas cómo ardían las marcolitas? Por aquellos días, más o menos a mediados de año, me pasaba el tiempo haraganeando, rascándome la panza, asoleándome en mi gloriosa inconsciencia. Andaba por todos lados con el radio de transistores, mi radito, pegado a la oreja. Ya ves que todavía no se inventaban los dichosos walkman. El sargento Pimienta, que había sido todo un acontecimiento, ya iba de salida y el Album Blanco sonaba a todas horas. Lo mejor era tumbarse con los cuates en el pastito del club a oír música y ver broncearse a las chamacas. Una mañana, luminosa y memorable, nos rompieron el encanto. Desde muy temprano hubo mucho movimiento en el teatro Antonio Caso, el club y sus alrededores. Entraban y salían los empleados trayendo sillas, mesas y equipos de sonido. Limpiaban los pasillos y los andadores o cuando menos les daban su manita de gato. Hasta los bomberos vinieron con sus grandes escaleras a cambiar los focos de los postes y a lavar a manguerazos las paredes y los pisos. Los vecinos andaban curioseando. Decían que iba a venir el Presidente a inaugurar no sé qué obras. Llegaron unos monos corpulentos y trajeados. Ya ves que entonces todavía no se les decía guaruras. Nos sacaron y cerraron el club. Nosotros, medio enojadones pero también intrigados, nos quedamos a mirarlos pegados a las rejas. Andaban estos cuates como locos revisando todo. Se subían a las azoteas, volteaban los botes de basura, esculcaban hasta detrás de los arbustos y entre las ramas de los árboles. Me acuerdo de uno grandote y canoso que parecía el jefe. No paraba de hablar por el woki toki, y al mismo tiempo dirigía a los demás. No se le iba una a este cuate. Andaba muy ojo avisor o, como decíamos antes, muy avispa. Pero era re mandón el jijo. Que bárranme todas las hojas. Que píntenme bien ese pasto seco que está muy amarillo. No, si eran unos faramalleros, te digo. Hasta pintaban de verde el pasto, imagínate. En una de esas, en que estaba el chango este agitando unos arbustos, que le sale una ratota. Pero de las gordas y bien dadas. El jefazo pegó un brinco por la sorpresa y cuando quiso reaccionar, ya la rata se había metido en un hoyo, al pie de unos arbolitos, justo a un lado del andador principal. A ver Godínez, dijo el canoso, tráigase una manguera. Vamos a ahogar esa rata. No nos vaya a dar un susto cuando llegue el señor Presidente. Godínez, que era un tipo chaparrito pero fornido, pelado al rape en aquellos tiempos de melenas, se trajo la manguera de presión del carro de bomberos y la metió en el agujero. Era un momento interesante. Los trabajadores se acercaron a mirar. En las afueras del club los curiosos se arremolinaban, y yo hasta me había trepado a las rejas para ver mejor. Rodeado por todos sus tiras, el jefe dirigía la maniobra de exterminio. Listo. ¡Suéltenla!, dijo por el transmisor y en el camión se puso en marcha la bomba. ¡Y que empiezan a brotar en todos los jardines chingos y chingos de ratas empapadas! En muchos lados se abrieron surtidores de agua y las gentes, medio mojadas, corrían enloquecidas, más bien en situación de echar desmadre. Yo, a punto de caerme, me desbarataba de risa encima de mi reja. Los tiras, escandalizados ante la invasión de ratas, sacaron tamaños pistolones. Pero ya el canoso, por esta vez, reaccionaba a tiempo. ¡No disparen, pendejos, no disparen! Algún alma compasiva apagó por fin la bomba. Y ai tienes a los futuros guaruras chorreando agua y persiguiendo con palos a las ratas. No, si estuvo cagadísimo. Jefe, dijo Godínez nervioso, falta media hora para que llegue el Señor. ¡Carajo!, gritó impotente el mandamás. ¿Qué estoy rodeado de puros ineptos? Miraba angustiado para todos lados hasta que nos descubrió. ¡A ver, muchachos!, dijo sacando la cartera, enseñando varios billetes mojados, ¡diez pesos por cada rata muerta, órale diez pesotes! ¡Abranles la reja a los muchachos! Pa pronto pusimos manos a la obra. Y es que diez pesos era buena lana en esos tiempos. Al ratito estaba medio Tlatelolco, toda la chaviza, matando ratas a lo bestia. Había que corretearlas por los largos andadores hasta Reforma que es por donde llegaría la comitiva. Así que mientras se formaba un montón inmenso, no había modo de comprobar si todos eran roedores locales. Creo que incluso desde el cercano Tepito llegaron cuates a traficar con ratas ajenas. Te diré algo a favor del grandote canoso, el tira mayor: a todo mundo pagó escrupulosamente, rata matada rata pagada, hasta vaciar su cartera. Siempre me quedó una duda. Todavía hoy me lo pregunto. ¿Habrá anotado en su cuenta de gastos la compra de quinientas ratas? Llévense de aquí esta mierda, ordenó al final y suspiró aliviado. Sus canchanchanes metieron en costales los cadáveres peludos y despanzurrados justo cuando llegaba, rodeado por su séquito, el Mandatario. Era este un hombre malhumorado y ceñudo. Ya comenzaba el verano. La atmósfera estaba quieta y pesada. Se hablaba mucho de un Ché al que habían matado hacía unos meses. Los Beatles moraban en las cumbres, con la cabeza perdida entre las nubes. Se aproximaba la Olimpiada. Comenzaba a hacer calor. En Tlatelolco la vida simplemente continuaba.

jueves, 7 de mayo de 2009

Chiste de cantina



Orinita vengo, dijo el Chatanuga
tan chistoso y alburero como siempre,
mientras nosotros pedíamos las otras,
y al rato regresó diciendo
que se habían echado un pedo en el baño.
No mames, le dijimos, qué tiene de raro, eso es normal.
Se lo echaron pero a cuchilladas, contestó,
y todos soltamos la carcajada
y escondimos nuestras manos
manchadas de sangre
bajo la mesa.

lunes, 4 de mayo de 2009

Aquí nomás de hablador




¿Se imaginan lo que es estarse un domingo encerrado toda la tarde? Con el televisor descompuesto, el tocadiscos empeñado y sin tener siquiera un pinche quinto, ya de perdida para invitar a Conchita la del dos a ver la que pasan en el Mariscala. Porque claro, como de costumbre la quincena nada más me duró una semana y parecía que faltaban siglos para el día de pago. Pero ustedes ya han de haber pasado por todo esto, ¿verdad?, así que para qué les voy a amargar el rato.
Pos ya saben, así andaba yo, como león enjaulado, parriba y pabajo y ya se me hacía chiquito el cuarto, pero lo que más me desesperaba era lo silencioso que estaba el edificio. Carajo, ni siquiera se oían gritar los escuincles de la portera que son bien chillones. Por eso mejor agarré mi chamarra y que me salgo para la calle.
Y ai me tienen, camine y camine como pinche loco, parándome de repente a ver las carteleras de los cines que pasan puras películas de esas pornográficas, ¿así se dice?, o para mirar, con ganas de llegarles, a las chamacas que pasaban meneándolas mucho, aunque ya sabía que sin dinero nomás no hay de piña.
Bueno, el caso es que me aventé, así a pata, desde las calles del Carmen, que ahí tienen su casa, hasta el Caballito que es donde empezó a llover. Uta madre eso sí fue el colmo. Ya era de noche y de pronto se quedaron las calles vacías. Y yo allí, en pleno Reforma, con el humorcito que me cargaba, chorreando agua como un imbécil y parado debajo de una cornisa que ni me tapaba nada, esperando que se quitara la lluvia o quién sabe qué cosa.
Pero no se aburran que aquí viene lo bueno. En esas estaba cuando ai tienen que salió un coche derrapándose por la glorieta y zas pum ¡mocos!, que llega y se estrella contra un poste a un lado de donde estaba yo. Me escapé apenas por un pelito, y todavía no me reponía del susto cuando oí que alguien se quejaba. Me acerqué y vi a un hombre que salía arrastrándose de entre los restos del coche, que no había quedado ya ni pa chatarra.
Estaba fregado el cuate este, todo lleno de sangre y con un fierro del coche enterrado en la barriga. Se quejaba muy quedito, pero cuando vio que me acercaba comenzó a dar tremendos gritotes el pinche maricón, quién sabe qué me notaría en la cara. Yo entonces voltié pa todos lados, para asegurarme de que no viniera nadie, y agarrando el fierro que traía clavado, se lo hundí más en la panza hasta que dejó de gritar y se quedó quieto. Luego fui corriendo a llamar una ambulancia y me estuve ahí bajo la lluvia hasta que llegaron a recoger el cadáver. “Ha de haber andado borracho”, le dije a unos de los camilleros y me fui para mi casa en el momento en que dejaba de llover, evitando a las viejas que me salían al paso en todas las calles oscuras. Esa noche dormí muy a gusto.

viernes, 10 de abril de 2009

En esta esquina... todo un clásico:





EL ALBAÑILITO RODRÍGUEZ

Artista invitado:
El Macuarro


Guirnaldas, serpentinas y confeti. El campeón ha vuelto al barrio después de defender su corona en Los Ángeles ante un gringo valeverga que no le duró ni tres raunds. Los vecinos se organizaron para barrer toda la cuadra desde muy tempranito y sus cuates de la vecindad, que son los que lo conocen desde que era chico, limpiaron y regaron el patio, para que no se levante la tierra, pusieron farolitos de papel, desos que llevan un foco adentro, en las puertas de todas las viviendas, colgaron globos, arreglaron a la virgencita que está en el zaguán (le cambiaron las flores viejas y le pusieron veladoras y tiritas de papel de china tricolores), y en la mera entrada de la vecindad colgaron una manta que dice: “Bienbenido a Casa Campeon”
Mustang convertible, lentes oscuros, traje sport. El fino estilista tepiteño, El Albañilito Rodríguez, terror de los minimoscas y héroe del Fórum, desciende del auto y recibe el homenaje: aplausos, besos y flores, de sus exvecinos.
Carnitas, chicharrón y pulque. La coperacha había sido rigurosa y nadie se hizo del rogar. El que más y el que menos aflojaron de perdida sus cincuenta pesitos para recibir dignamente a su invencible representante ante los foros mundiales. En un rincón del patio, un chavito fue comisionado para espantar las moscas que intentaban posarse sobre las mesas llenas de suculentos platillos. Los vecinos aplauden entusiasmados cuando el campeón inicia el banquete masticando sabrosamente un buen pedazo de chicharrón. Nomás tus chicharrones truenan Juanito, le grita Simón el zapatero del dos, mientras se limpia discretamente una lágrima al recordar con ternura cómo nalgueaba, sin que sus padres se enteraran, al ahora orgullo del barrio cuando éste apenas era un escuincle latoso que al menor pretexto se peleaba con los chamacos más chicos.
Arroz, mole poblano y frijoles refritos. La comadre Chentita distribuye generosamente los platos colmados, cómanle mijitos ora que hay modo, al mismo tiempo que recibe con gran modestia los elogios generales por sus sabrosos guisos.
Agua de horchata, de jamaica y también, ¿por qué no?, coca cola, para hacernos unas cubitas, ¿verdad compadre?, porque claro que también hay ron, mezcalito y brandy, ¡Presidente, qué derroche! Usté chúpele compadrito, después discute, y además tequila, limón y sal, ¡salud!
Guitarras, coros y emoción. El bravo peleador no se hace del rogar y demuestra que con su voz también las gasta, al entonar de su ronco pecho sentidas canciones que hablan por sí solas de la esencia de su pueblo, como diría un conocido comentarista. Bien plantado, con las piernas muy abiertas como retando a medio mundo cual gallito de pelea, abrazado de José Apolinar Sánchez, mejor conocido como el Macuarro, su querido amigo de la infancia, y sosteniendo con la mano en alto su sexta o séptima cuba libre, qué caray.
Tocadiscos, alegría y salsa. Tan pronto como anochece se retiran mesas y sillas y se abre un buen espacio para que todos puedan demostrar sus grandes dotes de danzantes. Al impulso de esa música tropical y bullanguera, la pequeña pista se llena de entusiastas bailarines entre los que destaca, como ya es de suponer, el invicto boxeador. Al terminar cada pieza, las muchachas lo rodean de inmediato, el precio de la fama, y él se ve forzado a elegir a alguna. Ya ha bailado con la guapa Carmela, la del catorce, con las gemelas Godínez y hasta con la gordita y frondosa Conchita que parece que trajera un niño entre sus brazos cuando estrecha al pequeño gladiador. Pero ahora él ha puesto los ojos en una muchacha muy especial: Gisela, la flaquita del dieciocho, que en toda la noche no se ha despegado del Macuarro.
Con la agilidad de piernas que ha causado la admiración de propios y extraños, escapa graciosamente de las chicas que lo asedian, y dirigiéndose al rincón donde la parejita se hace arrumacos y ojitos, solicita amablemente a su amigo que, como cuates, le ceda a su acompañante durante la próxima pieza. Cómo no, manito, faltaba más.
Música, ritmo y alcohol. ¿Qué le pasa al campeón? Tal vez las copas ya le estén haciendo efecto después de tantos obligados brindis con cuates, parientes y vecinos (el gran deportista no fuma, como es de todos sabido, por aquello del aire en los combates largos). Mírenlo nomás. Abraza a la flaquita con demasiado ardor y se agarra a ella como si no pudiera sostenerse solo.
El Macuarro los mira, prendiendo cigarro tras cigarro, desde la oscuridad de su rincón: pero como pasan cumbias, salsas y danzones y su novia no le es devuelta, decide ir en su rescate.
Gritos, aventones y mentadas. El destacado deportista ha abusado demasiado, qué gandalla, ¿no?, y el joven pandillero así se lo dice, ¡ya, pos qué delicado! La opinión está dividida, pero en medio de los empujones y alegatas de uno y otro bando, se impone la cordura de Don Simón el zapatero: que se echen un tiro.
Una bola de madrazos lo decide todo. El fin de fiesta será memorable y la gente se anima ante la perspectiva de una exhibición de su ídolo, al fin y al cabo de eso es de lo que se trata. ¡Vengan a ver cómo el campeón le parte la madre al vago del catorce! Mientras tanto Gisela, la flaquita, desempeña su papel a la perfección, y parada frente a los contendientes, tomándose las manos, nerviosa, pequeña y modosita, promete con la mirada que será para el triunfador.
Amagues, fintas y bailoteo. En el improvisado ring, donde los excitados vecinos delimitan el cuadrilátero, los ex amigos se preparan para la lucha. Veánlos ustedes. El campeón se pone en guardia en el clásico estilo que lo ha hecho famoso, esa guardia impenetrable que ha probado su invulnerabilidad ante los mejores exponentes del boxeo mundial, en la que la izquierda aguarda amartillada para asestar el golpe demoledor que le ha dado tantos éxitos. En cambio su furris adversario se limita a bailotear levantando mucho polvo con sus gruesos zapatones de suela de tractor y rehuyendo una pelea frontal. ¿Quién le dijo que se podía pelear con los brazos colgando a lo largo del cuerpo, dejando al descubierto las partes vulnerables y mentándole la madre a su oponente de esa manera? El as de los enlonados se dispone a darle una lección de lo que es el boxeo llevado hasta sus más altas posibilidades.
Pero cuando el campeón considera que ha estudiado lo suficiente a su adversario y se lanza en pos de una victoria segura, un perro, probablemente excitado por la gritería, se mete al cuadrilátero interponiéndose entre los rijosos decidido a ser el réferi del combate. Salta y mueve la cola delante del Macuarro, juguetón el perrito de la portera, ¿verdad?, pero le ladra furioso, desconociéndolo, ¡sáquese pinche perro!, al famoso boxeador, que tiene que tirarle dos o tres patadas, entre las carcajadas de los vecinos, para que lo deje en paz.
Bulla, relajo y desmadre. Así no se puede, dice el desconcertado peleador, ya ni la chingan. Este no es un pleito serio, porque cuando él se detiene un momento para tomar aire, buscando el refugio de las cuerdas en su rincón neutral, son las manos de los vecinos las que lo empujan riendo festivamente, los muy ignorantes, para que vuelva al ataque. No hay campana que marque el final del raund ni lo esperan los eficientes séconds para refrescarlo en algún cómodo banquillo. Los potentes reflectores ora sí que brillan por su ausencia, suplidos por estos absurdos farolitos, y además los pies no se apoyan como debieran en esta tierra suelta, y los zapatos, de piel de potrillo canadiense, regalo de una admiradora, se resbalan allí donde la tierra se hizo lodo por el vómito de un borracho. Definitivamente, así no se puede.
El maestrito de los barrios voltea hacia los espectadores para reprocharles su actitud y exigir el final de la pelea, ai que muera, ¿no? Cómo va a poder seguir si cada vez que avanza hacia su rival éste tira patadas, lo escupe y hasta se quita el cinturón, con esa hebillota que tiene, para mantenerlo a raya. Mejor que siga la fiesta.
Ni madres. Imprudencia, descontón y fin de fiesta. El Macuarro ha encontrado su oportunidad. Con total determinación se lanza sobre el descuidado peleador. Cabezazo, patada en los güevos y suelo.
El campeón está tirado y el Macuarro, con la generosidad del triunfador, se abstiene de seguirlo pateando. Pasa un brazo posesivo sobre los hombros de su novia y se retira con ella hacia el fondo del patio. Ah, qué buena onda.
Los vecinos se dispersan comentando el resultado de la pelea, las mamás llaman a sus chamacos y los meten a empujones en sus casas, Don Simón el zapatero invita a sus cuates a seguir la borrachera y se van en busca de sus botellas, la comadre Chentita recoge sus cazuelas y algunos farolitos empiezan a apagarse mientras las voces de los borrachos que van cantando se pierden a lo lejos.
El Albañilito Rodríguez, el fino estilista tepiteño, se levanta del suelo con los ojos vidriosos y sale a tientas del oscuro patio. A su coche le han robado los tapones y el radio, pero llega a tiempo de espantar a un perro que se está meando en una llanta. Antes de arrancar, le echa una última mirada al letrero que está colgado en el zagúan. A ver cuándo me vuelven a invitar.
de El Albañilito Rodríguez, Editorial Universo, México 1980, 1983.

lunes, 6 de abril de 2009

Experta en lenguas

La Malinche revisitada

Marina estudió turismo. Ya saben, uno de esos cursitos chafas guía-edecán-intérprete que imparte cualquier Academia Patito.
Y es que desde chica le atrajo siempre lo extranjero. Las películas gringas, los precios en dólares y las canciones en inglés. Su tirada era colocarse en alguna embajada o consulado o, ya de perdida, como traductora en congresos y simposios. Entre sueños se miraba a sí misma, morena y guapísima, en las fotos de los folletos de propaganda del instituto: muy sonriente, con micrófono y audífonos, rodeada por pura gente interesante, magnates, ejecutivos o diplomáticos, que parecían extasiados por sus explicaciones.
La realidad fue distinta.
Se gastó muchos zapatos taloneando en los lobbys de los hoteles de lujo. Murmuró hasta el cansancio “ailoviu darlin” en distintas camas en las madrugadas. Y por las mañanas siempre se sintió ajada y vieja. Se pescó varias venéreas. Bichitos, diminutos y extranjeros, anidaron por un tiempo en el vello negro entre sus piernas. Sufrió dos tres golpizas, a veces cárcel y ocasionalmente algún aborto.
Al final tuvo un güerito. Un bastardito, gringo a medias, que en cuanto creció la mandó mucho a la chingada.

Hola a todos. Aquí nomás de hablador. Soy heredero de la Onda y la contracultura. A lo mejor recuerdan mi libro El Albañilito Rodríguez de l...